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Los coleccionables en los kioskos y los anuncios de la vuelta al cole eran como voces que anunciaban en su interior los últimos coletazos del verano. Deseó con todas sus fuerzas que fuera Otoño, que lloviera, que hiciera frío, mucho frío. Sin embargo, el verano aún no daba tregua ni a las temperaturas ni a sus deseos. Así, la vuelta a su rutina fue un poco mas seca. Más dura. Deseaba suavizar el momento con algo de música, pero su iPod estaba descargado y no hizo ni tan siquiera el amago de encenderse. Pensó en alguna canción, cualquiera, pero no se le ocurrió ninguna. Y de repente ahí estaba él, con su coche parado en el semáforo, las ventanillas abiertas y la música alta, muy alta. Conocía esa canción. La cantó casi sin querer. Cruzó su mirada con la del conductor y cantaron juntos el estribillo, mirándose fijamente, moviendo los labios a la vez. El verde del semáforo puso fin al momento, a la música. Mientras miraba el coche alejarse llevándose consigo aquella banda sonora pensó si era posible hacer el amor en plena calle con tan solo mirarse a través de la ventanilla de un coche... No tuvo que contestar, su cuerpo ya lo había hecho por ella.