
Ordenar las fotos en mi
ordenador siempre me pareció una tarea tediosa, pero esta vez no me
quedó más remedio. Necesitaba encontrar una foto que retratara un
momento feliz para la exposición de un amigo. Y de repente apareció
una foto que no recordaba. No la había tomado yo pues aparecíamos
de espaldas, desenfocados, durante un concierto y me pregunté cómo
había ido a parar a esa carpetas de “VARIOS”. Fue aquel
concierto, ¿recuerdas?, en el que cogíamos cervezas de una nevera
pequeña y dejábamos la voluntad en un cesto de mimbre. Fue esa
noche en la que me preguntaste de qué color eran en mis ojos. Te
conté que eran marrones, aunque con la luz del sol se ponían
verdes, como a mi madre. “Sólo quedaremos los días en los que los
tengas marrones” dijiste justo antes de ir a por otras dos
cervezas. Nunca te pregunté por qué, pero allí, sentado en el
suelo y viendo a lo lejos cómo dejabas unos euros en el cesto de
mimbre, deseé con todas mis fuerzas que mis ojos se volvieran de un
verde tan intenso que te asustaran. De un “verde ciencia ficción”,
que diría Amaral. Imagino que para provocar en ti la reacción de la
que habías escapado. De la que yo sigo escapando.
Cuando me acercaste a casa
sonaba “A Real Hero” en la radio del coche. Los dos estábamos
enganchados a la banda sonora de “Drive” y no pude evitar
imaginarte vestido con la chaqueta del escorpión de Ryan Gosling.
Desde entonces te veo así, de espaldas y con las manos en los
bolsillos, cada vez que pienso en ti. Y detrás, a lo lejos y borroso
como en la foto te observo, deseando que te gires y te des cuenta de
que tengo los ojos verdes ciencia ficción.